A diferencia de la mayoría de los niños, Manel Esclusa (Vic, 1952) siempre se sintió a gusto en la oscuridad. Cuando accedía al laboratorio fotográfico de su padre, de cuyas cubetas, como en un juego de magia, surgían imágenes. Cuando, también con su progenitor, aficionado a la espeleología, se adentraba en las grutas y creaba luces y sombras con su linterna. O cuando se colaba en el cine para ver películas no aptas para menores. Esclusa creció, se hizo fotógrafo y continuó a gusto en la oscuridad, en la noche, en la sombra.
